| La última y regresamos (poética) |
| Viernes, 30 de Diciembre de 2011 |
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Por Gabriel Otero (*) ¿Y ahora qué?, a nutrirse de raíces extrañas, a reinventarse, las palabras no llegan a tiempo aunque se siembren en época de lluvias. Escribir es un acto de fe en uno mismo, un ejercicio de disciplina cuando se carece de talento. A intentar contar lo jamás dicho, suena pretencioso, lo importante es decirlo de otras formas: las propias. A llegar adonde siempre se ha querido estar, las palabras son nómadas, errabundas e irascibles, se padece de placer al pescarlas. ¿Qué contar cuando no hay que contar? ¿Apagarse en silencio?, ¿esperar a que sea de mañana o a que pase la eternidad?, esos son dilemas improvisados alentados por la sequía, el cursor irritado titilando en cada renglón. La oscuridad inicia en el párrafo, ¿qué sigue?, la escritura a tientas fluyendo por oficio, porque algo se aprende después de 30 años de tropiezos, la búsqueda de musas ilusorias concluye en un callejón sin salida. Lo intenso es recurrir al verso, al alma de las cosas, el mejor monólogo es el que rebota en el hipotálamo, el peor diálogo es en el que nadie dice nada. El hambre por expresarse jamás se sacia, lo gratificante es tener lectores, uno, dos o muchos, y no vivir la apatía de que alguien le de vuelta a la página. Luz a la palabra escrita para no desgastarla, ¿qué opinar cuando no hay que opinar? lo nuestro debe ser el mutismo observador, el único ojo flotando a la mitad de la frente como en todo Cíclope que no duerme. ¿Y ahora qué?, a invocar a la babel milenaria, que renazcan todos los lenguajes del mundo y se transformen. A esculpir de nuevo el escribir, a solamente, vivir. (*) Columnista de ContrACultura www.caleidoscopionocturno. Otros medios
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