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San Salvador, El Salvador / 24 de Julio de 2014
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El teatro salvadoreño en 2011

Balance del año en materia de presentaciones histriónicas  

Por Héctor Ismael Sermeño (*)

Foto: René Figueroa

Hubo teatro, al menos el suficiente como para escribir un artículo de fin de año. No fue un periodo bueno ni malo. Solo hubo teatro. Por supuesto, la crisis económica propició una inmensa cantidad de reposiciones; unas  comprobadamente taquilleras, para no fallar, otras de relleno,  algunas porque no tengo nada que montar;   un par de ellas de montajes  verdaderamente excepcionales: “El pájaro de la felicidad”, dirigida por Roberto Salomón y  la increíble puesta en escena de “La isla de la pólvora negra”,  de autoría y dirección de Santiago Nogales.  Sigo: algunas patéticas, otras pretenciosas, unas cuasi innecesarias. Pero hubo teatro.

Pocos fueron los estrenos de alto nivel, más bien solo uno: “Los melindres de Belisa” de Lope de Vega, dirigido por Santiago Nogales, estrenado en el Nacional. Los otros dos que quisieron y no pudieron: “A puerta cerrada” de Jean Paul Sartre; montaje de César Pineda y “El Avaro”, de Molière, dirigida por Enrique  Valencia, resultaron fallidos.

Todo el año hubo cartelera, incluso en los teatros del interior del país. Hubo los tradicionales festivales: el infantil, la última edición, al menos eso dijo su organizador,  del Universitario; explicando sus problemas con la burocracia de la cultura. También la muestra nacional, teatro en la calle y de calle, además experimentos, que no experimental. También se dieron a conocer nuevos grupos. Todo esto de manera irregular; quiero decir que las calidades dejan mucho que desear al ser más entusiastas que serios, más de aficionados que de profesionales, se mezclan como en un coctel todos los géneros y no siempre los resultados,  artísticos y de público, son los óptimos. Pero estuvieron y eso está bien.

LOS ESPACIOS

Cuatro teatros nacionales de primera categoría (dos en San Salvador, el Nacional y el Presidente, uno en Santa Ana y otro en San Miguel)  un teatro privado de primer nivel;  el Luis Poma,  también  Las Ruinas en Suchitoto y  el Municipal capitalino. El desaprovechado de la UES por pobres elencos, puestas en escena y posible público cautivo, el cual es inexistente con cincuenta mil personas en el campus. Varios auditorios adaptados: el del MUNA, el FEPADE,  el Centro Español, el Liceo Francés, el Cayaguanca en Chalatenango,  el de la UCA, la UJMD, el Principal de Santa Ana, el Arce en Sonsonate, el Palacio Tecleño y el hermoso del Centro Cultural Alfredo Espino en Ahuachapán, además se convirtió a la vieja casa de la cultura del centro en “Casa del Teatro” y algunos otros. Son bastantes, no sé si suficientes, pero casi nunca están con cartel simultáneo todos. Es claro, no hay los necesarios actores ni montajes para ello, tampoco audiencias. Es triste y desastroso observar la constante cancelación de funciones en varios escenarios, en particular en el palacio salvadoreño de las artes escénicas, El Nacional de San Salvador, por ausencia de público.

Pero la queja de actores, productores, y teatreros en general, sigue muy vigente, acostumbrados a gobiernos paternalistas y controladores  al que hay que pedirles apoyo y muchas cosas, no cesan el lamento. Este año hubo bastante teatro, pero no cesa el lamento. No voy a debatir razones, pueden incluso ser atávicas. Pero lo vengo diciendo desde hace más de quince años, la cultura estatal o proveniente de ella no debe ser toda; ni a ellos les interesa ni debemos permitirlo; el éxito del Luis Poma y del Centro Español lo demuestran.

El teatro subvencionado es necesario, pero no total,  incluso el mayoritario en todo el mundo,  excepciones hechas, es el privado y en El Salvador no hay empresarios productores privados;  lo que llaman así, también excepciones hechas, es el quehacer teatral de un encargado de producción, que  a veces consigue fondos  del gobierno, alguna institución o de ONG internacionales, pero nunca de su propio bolsillo. Esta actividad desapareció del país en la década de 1950, cuando se cerraron o desaparecieron los grandes teatros privados  de San Salvador: el Colón, el Principal y el Variedades (después Apolo),  los cuales eran verdaderas empresas de las artes escénicas nacionales e internacionales.

Aclaro que en ambos ámbitos, el estatal y el privado, puede haber alta calidad, mediocridades y esperpentos. El talento es el talento.

LOS RECONOCIMIENTOS

No cabe duda el teatro salvadoreño sigue caminando, pese a lo dicho y a lo no dicho, sigue caminando. En ningún país las condiciones para la cultura son cien por ciento óptimas. Los ejemplos que muchos ponen, de países que están mejor que nosotros como Costa Rica y México, sufrieron este año, enormes recortes presupuestales y de apoyos de sus gobiernos, pero la cultura privada siguió invirtiendo y, en el caso del teatro, sigue generando dividendos  para autosostenerse. Evidentemente que se lamentaron, pero también se pusieron a trabajar. Aclaro que no es justificación para lo acaecido en nuestro país, ni mal  de todos  es consuelo de tontos. Es asumir realidades,   golpean y son indeseadas, pero realidades al fin. Lo ideal es también solo eso, ideal.

Desde hace cinco años no menciono lo peor o regular del año. Al haber pocos montajes importantes de estreno, mencionaré lo que  mejor  se pueda de  éste que finaliza: así, la mejor actriz del año es, sin lugar a dudas  Mercy Flores: repuso en  La Isla de la pólvora negra y estrenó en Al otro lado del mar y Los melindres de Belisa. Talentosa y disciplinada, la Flores está marcando huella en el teatro salvadoreño. El mejor actor es César Pineda en “El Avaro”, buen trabajo, pero no suficiente para levantar la puesta en escena. También fueron muy importantes los trabajos actorales de ellas: Dinora Cañénguez,  Alicia Chong, Rosario Ríos y Dinora Alfaro y de ellos: Oscar Guardado, Jaime Ruano y Juan Ramón Galeas.

El más sobresaliente montaje fue Los Melindres de Belisa y Santiago Nogales, el mejor director, por ese mismo trabajo. Eso fue todo.

Claro que hubo problemas en 2011, pero también logros, los cuales pareciera que no son suficientes, o no debieran serlo, pero solo tener en salas unos sesenta montajes anuales, únicamente de teatro; independiente de lo cualitativo,  y de los trabajos ofertados en las otras artes escénicas como la danza, el ballet y la ópera, con los que se supera  un centenar; resulta aceptable. Pero… y eso que dicen sobre los  pueblos que tienen a los gobernantes que se merecen ¿Aplicaría al teatro? ¿Nos merecemos el teatro que tenemos? Allá ustedes, pero que en 2011 hubo teatro en El Salvador, hecho por salvadoreños, sí que hubo.

(*) Escritor, historiador y crítico de artes.

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